Cuando oí el comentario me resultó ridículo, incluso con gusto a mal chiste. Pero cuando observé con mis propios ojos que se trataba de algo real, me dieron ganas de ponerme a llorar. Hasta diría que un par de lágrimas pasaron a formar parte de las transparentes aguas del hermoso río.
Para quienes están leyendo y no entienden todavía de qué se trata, les cuento que, actualmente, en la boca del río Chimehuín con el lago Huechulafquen (Junín de los Andes), un lugar mítico y de culto para los pescadores deportivos de todo el mundo, aparece el esqueleto de madera de un hotel en construcción. Una verdadera falta de respeto, no sólo para los pescadores, sino también para todos los turistas en general, que actualmente disfrutan de un lugar mágico, modificado por un error que cometen algunos hombres: construir donde no se debe. Lamentablemente, a veces sucede que los sueños de algunos se enfrentan con los sueños de todos. Lo importante es que las autoridades provinciales o nacionales se den cuenta a tiempo de que los sueños de todos valen mucho más.
No creo que haya hombres malos ni buenos. Creo, y quizá peco de positivo, que muchos podemos equivocarnos, acertada o ingenuamente. Pero los verdaderamente malos son aquellos que una vez que conocen el daño no hacen nada por revertirlo.
Quizás esto llegue al dueño o a los dueños de semejante ridiculez. Quizás me maldigan o quizás me ignoren. No importa. A ellos me gustaría decirles que la boca del Chimehuín es uno de los pocos lugares en el mundo donde todavía se puede ver a Dios, sin tener que pedirle permiso a los hombres. Y espero, por el bien de los sueños de todos, que siga siendo así para siempre.