Patagonia, sábado 25 de octubre de 2014
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San Martín de los Andes

Historia y leyendas

Historia

Antigua vista de San Martín de los AndesEn el año 1898 llegó al valle del Lácar la "División de los Andes", comandada por el General Rudecindo Roca, quien cumpliendo órdenes partió desde el Fuerte Roca para tomar posesión definitiva de la zona, en nombre de la Nación. La división estaba compuesta por el Regimiento 3 de Caballería de Línea, Constituido por cuatro escuadrones.
El primer encuentro entre el General Rudecindo Roca y el cacique Curruhuinca se realizó en el antiguo mirador del valle del arroyo Pocahullo. Este fue acordado por el Sr. Serafín O. Galán Deheza, quien años antes había relevado la zona y hecho amistad con el cacique. A partir del acuerdo entre las partes, se decidió la fundación del pueblo de San Martín de los Andes, en el valle donde los aborígenes se protegían de los rigurosos inviernos.
En sus comienzos, la economía de San Martín de los Andes se basó en la explotación forestal, la agricultura y la ganadería. Sus calles y caminos eran precarias sendas de tierra, lo que convertía a las aguas en la más rápida vía de comunicación. El espacio cordillerano se dividió en sectores para la producción de alimentos:
En la zona de la Vega se desarrolló el cultivo de trigo, y se instalaron cerca de 15 molinos harineros. La ganadería se dió en gran escala por ser una zona mallinosa, productora de buenas pasturas para el ganado.
Valle de San Martín de los Andes: En los jardines y patios de las casas se instalaron huertas y se plantaron árboles frutales. Las cocinas hogareñas se convirtieron en verdaderas fábricas de dulces y jarabes.
Costa del Lago Lácar: Este lugar fue propicio para el establecimiento de diversas familias, lo que determinó la instalación de aserraderos y en ocasiones la formación de pequeños poblados, como el de Hua-Hum.
A lo largo de lo que hoy es la ruta provincial 48 que conduce a Hua-Hum se asentaron colonos, instalándose en pampas o en pequeños valles, dedicándose en menor escala a la ganaderia. También desarrollaron para el autoconsumo el cultivo de la huerta, árboles frutales, trigo, maíz y la cría de animales de corral.
El comercio con Chile se vió impulsado por las escasas y deterioradas vías de comunicación que existían en ese momento con otras ciudades argentinas: era más accesible y rápido comunicarse con el vecino país por vía lacustre que emprender largas travesías a caballo o en carro hasta Zapala, Chos Malal, Bahía Blanca, etc.
En 1937 se fundó el Parque Nacional Lanín, lo que produjo un cambio sustancial en la vida del pequeño poblado: se restringió la tala de especies arbóreas y fueron desapareciendo paulatinamente los poblados lindantes con la costa del lago, se abrieron nuevos caminos e ingresaron alimentos de otras regiones del país, disminuyendo la actividad agrícola ganadera hasta casi desaparecer. La actividad turística se vió favorecida por la incorporación de lanchas en el lago, la apertura de caminos a los atractivos naturales y la creación de las primeras pistas de ski en el Cerro Chapelco.
A partir de la década del 70 la actividad turística en la región creció enormemente. Las entidades bancarias otorgaron créditos accesibles que fueron utilizados para desarrollar importantes emprendimientos turísticos. Llegaron las grandes empresas, como Sol Jet, que dieron el impulso definitivo para que San Martín de los Andes se convirtiera en una de las localidades más importantes de la provincia y del mundo en cuanto a turismo se refiere.
Hoy, a más de 100 años de su fundación, San Martín de los Andes se ha convertido en una ciudad vigorosa, pero con el alma de pueblo que sigue entre ella y la naturaleza.

Leyendas

Nquilliú
Guillermina Imiguala, Chapelco. 1973
Del libro Relatos y romanceadas mapuches, compilación e introducción de César Fernández

Antes, mucho antes de que el huinca viniera por estos lados, hubo un invierno muy frío. Casi no había más comida. Se moría la gente de hambre. Habían desaparecido el pudú, el choique, el luan. No se sabía adónde se habían escondido. Los coná salían a buscar animales y volvían peor que antes. Y algunos morían en el viaje. Comían hasta raíces de plantas.
Entonces se reunieron todos los loncó. Una gran junta hicieron.
Así que mandaron delegaciones para conseguir ayuda. Lo poco que tenían era repartido.
Al tiempo volvió un coná. Traía nguilliú.
Dijo que cuando estaba en la cordillera se encontró con un anciano. Cuando le contó lo que le estaba pasando a su gente, el viejito le preguntó por qué no se alimentaban con los piñones, que ésa era la verdadera comida mapuche que Nguenechén había enviado.
Habló de todas las formas de aprovechar el piñón.
Después el coná no supo más del füchá huentrú, que desapareció entre la nieve.
Se reunió toda la gente a escuchar la novedad que traía el recién llegado. Y entonces uno dijo:
-Ese era un mandado de Nguenechén.
Buscaron todos los piñones que pudieron hallar. Los juntaron y comieron. Y para agradecer a Nguenechen, por haberlos salvado de morir, hicieron una gran rogativa.
Y desde entonces, cuando se hace nguillatún el rehue se pone en el pehuén y se toma chafí.

Huinca: hombre blanco , no mapuche.
Choique: Avestruz o ñandú americano.
Luan: guanaco.
Coná: joven fuerte y valiente.
Loncó: Jefe, cacique.
Nguenechén: Principal deidad en la cosmogonía mapuche.
Fücha huentrú: anciano , de fücha, viejo y fuentrú, hombre.
Rehue: Altar formado por un tronco, árbol o conjunto de árboles en torno del cual se ruega.
Nguillatun: adorar a Dios. Ceremonia con la cual se le piden favores y beneficios al Ser Supremo, Nguenechén. Se conoce también con el nombre de camaruco, término quechua que es utilizado con mayor frecuencia en las zonas este y sur del área neuquina. La ceremonia antiguamente no revestía el carácter de anual, era celbrada en ocasión de interpretar, como presagio de un porvenir incierto o adverso, cualquier fenómeno que se presentaba con características extrañas o amenazadoras.
Chafí: bebida obtenida de la molienda de los piñones o nguillú.

Trentrén y Caicai
Pedro Curruhuinca, Quila Quina, 1968
Del libro Relatos y romanceadas mapuches, compilación e introducción de César Fernández.

Esto pasó en los tiempos de antes, cuando sólo había reché, los antiguos y verdaderos mapuches.
Si no llovía se hacía una gran rogativa. Había que ir al Lago Lácar y golpear el agua con ramas de pehuén para que viniera la lluvia. Y después, cuando venía la tormenta, había que estar a pura panza no más. Nada de protegerse con un toldo o ponerse al reparo.
Decían los abuelos, cosas que a ellos les habían contado, que una vez apareció un hombre que decía que era el mandado de Nguenechén. Contó que se iba a enojar Caicaifilú y todo se iba a inundar. Había que ir a la mahuida Trentrén para salvarse. Se cansó el hombre de hablar, pero nadie le hacía caso y se fue.
Ese año hicieron la rogativa. Y llovió y llovió. No sabían qué hacer para que no diluviara más. Y ahí fue cuando la Caicaifilú, que vivía en el fondo del lago y estaba muy rabiosa con los mapuches, empezó a golpear el agua con su cola para hacer subir más el agua todavía.
La Caicaifilú llamaba al Pillán del Mahún.
Y los mapuches disparaban para todos lados. Algunos se acordaron del mandato de Nguenechén y empezaron a subir el Trentrén. También iban los animales como el choique, luan, pudú, pangui, nahuel... Sombrero de palo tenían que ponerse para subir, si no Antü los dejaba sin pelos. De esa vez quedaron con el color de piel oscura, por estar cerca del sol.
Los mapuches que caían al agua se hacían peces y los animales, rocas.
Tanto batifondo armó Caicaifilú que Trentrén se despertó. Estaba en su cueva, en la punta de la montaña. La Trentrén, para que los hombres y los animales no se murieran, se encorvaba y así subía la mahuida. Todo se había inundado y sólo el cerro flotaba. Pero la Caicaifilú se revolcaba y levantaba el agua.
La filú buena gritaba:
-¡ Trentrentrentren !
Y la montaña subía.
La filú mala decía:
-¡ Caicaicaicai !
Y aumentaba el agua.
Mucho tiempo dicen que duró la pelea. Pasó entonces que la Caicai quiso ir a sacar a los mapuches de la cueva del Trentrén, donde se habían metido. Se enroscó en una roca muy grande para poder llegar hasta arriba. Pero Trentrén le dio un golpe con la cola y la tiró al fondo del lago.
Ahí cayó la filú y la roca encima. Murió. Al poco tiempo dejó de llover.
Entonces los mapuches hicieron una gran rogativa para agradecer a Trentrén por haberlos salvado de Caicaifilú.
Dicen que esa montaña está apoyada en cuatro patas y si vuelve a diluviar se va a levantar de nuevo.
Hay varios Trentrén por San Martín de los Andes, Junín, Bariloche, Aluminé y también en Chile. Hay piedras con forma de animales que están en las islas de los lagos que son de los animales del tiempo de antes. Quedaron así desde el diluvio.
Y ésta es la historia que pasó hace tantísimo tiempo cuando sólo había mapuches.

Caicaifilú: animal mitológico, mitad serpiente y mitad caballo.
Trentrén : Serpiente mítica que en el diluvio salvó a los mapuches.
Reche: mapuche puro. De re , sin mezcla , puro y che, persona, gente .
Nguenechén: principal deida de la cosmogonía mapuche.
Mahuida: montaña.
Pillán: alma de un muerto que mora en un cerro o volcán.
Mahün: lluvia.
Choique: avestruz o ñandú americano.
Luan: guanaco.
Pangui: puma, león americano.
Filú: culebra, víbora.

Cuento

Madera
de Janet Dickinson

- Con la cara tallada por los años, rústica como la madera virgen, doña Paulina revolvió la mezcla de hierbas que bullía sobre el fuego abierto.
– Así que quiere un niño y no puede tenerlo.
La desesperación me había llevado a esta choza gris con el patio lleno de gallinas que picoteaban objetos inexistentes y una huerta desordenada, atiborrada de yuyos.
Doña Paulina coló el brebaje y lo guardó en un frasco.
–Tome dos cucharadas de esto todas las noches antes de dormir, hasta que se termine. Después venga a verme de nuevo.
Después de tres semanas estuve otra vez en la choza.
–¿Y?
–Parece mentira, pero la menstruación no me ha venido.
–¡Vio! Ese té no falla. De seguro está preñada.
Y así fue. Lo comprobaron los médicos. Pero dada mi condición delicada, tenía que tomarlo con calma y descansar mucho. Lentamente me creció la panza, para el deleite mío y de mi marido.
Un día, ya en el cuarto mes, me desperté con pérdidas. Me llevaron urgente al hospital, pero yo insistí en verla a doña Paulina.
–El té, doña Paulina. Deme el té– gemí desesperada. Con tranquilidad sacó un frasco de su viejo y desgreñado morral. Tomé un trago y lo escondí debajo de la cama. Pero la sangre no paraba y durante la noche mi angustia me llevó a tomar todo el frasco de una sola vez.
A la madrugada perdí a mi hijo, ya prácticamente formado.
Los ojos llenos de reproche, fui a ver a doña Paulina.
–¡Pero usted me prometió...!–le recriminé.
–Señora, el té se toma de a dos cucharadas por día. Si toma todo de golpe actúa al revés y produce un aborto– me retó con voz grave.
No la volví a ver, y nunca más quedé embarazada. Adoptamos dos niños y vivimos felices.
Hace poco, uno de esos días gloriosos del verano cordillerano, nos fuimos en familia para hacer un picnic en el lago Lolog. Buscando en la playa entre la madera flotante acarreada por las olas, para hacer algún arreglo floral, encontré una tallada por el tiempo y el agua que parecía una figura humana. Tenía la forma de una virgen agreste. La di vuelta en mis manos.
Una escultura imperfecta moldeada por la mano perfecta de la naturaleza para tornarla una obra de arte. La miré otra vez de cerca y repentinamente su cara rugosa y agrietada me hizo acordar a la de doña Paulina.
La guardé cuidadosamente y ahora ocupa su lugar sobre un estante entre los adornos de mi casa.

En los pasos del Padre Braulio
de Janet Dickinson

El perro seguía los pasos cansinos del Padre Braulio, que caminaba por el sendero polvoriento a la capilla. Hacía un rato había estado en un rancho oscuro dándole los últimos ritos a una anciana desdentada que se iba; y ahora tenía que dar misa.
El perro se quedó afuera de la capilla, rascándose al sol, mientras el Padre se preparaba. Con ritual solemnidad dispuso del vino y la hostia para su congregación tan pequeña; demasiado pequeña. Esa gente callada, con los ojos oblicuos y las caras cerradas, que solamente asistían a misa por la promesa del paraíso y la vida eterna, además de la ayuda del Padre para con sus necesidades terrenales; pero que en realidad preferían sus propias ceremonias al aire libre, adorando a sus dioses ancestrales, que si bien no les daban el paraíso, les proporcionaban la euforia de su mística antigua.
Después de celebrar tristemente su misa, mirando esos ojos vacíos e indiferentes que lo contemplaban, el Padre Braulio salió al sol y se sentó al lado de su perro.
Sin pensarlo empezó a rezar:
‘Padre nuestro que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre, Nguenechén..........’*

*N.B.: Nguenechen es el máximo Dios de la raza Mapuche

 
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