Patagonia, lunes 22 de diciembre de 2014
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Llanquihue

Historia y leyendas

Historia

Llanquihue comenzó a tejer su historia en 1852 cuando los primeros colonos alemanes se asentaron allí, habilitando un puerto para comunicarse con Puerto Varas. El río Maullín, nace en sus proximidades de la pequeña ciudad, desagotando el Lago, habiéndose bautizado en un principio con el nombre de Desagüe por esta condición pero en 1897 se le cambia el nombre por Llamquihue.
Se crea el Municipio en 1968 y se desarrollan en su ámbito pujantes plantas agro industriales que procesan lácteos y otro productos.

Cuentos

Artilugios y Costumbres
textos tomados de la web http://www.geocities.com/TheTropics/Paradise/3759/ con autorización del Sr. Julio Norambuena Vera.
No es en vano recalcar que prácticamente todas las actividades que han realizado los antiguos habitantes que a través del tiempo tienen una explicación que lo justifica: Todas ellas obedecen a una realidad socio cultural de la época y en la mayoría de los casos están relacionadas con las necesidades de la vida misma del lugareño o con su modo típico de pensar, sentir, y actuar.
Muchas de las costumbres y usos sociales que a continuación se describen son típicos de la época (1940-1960), pero su origen, según los viejos habitantes, es remoto y obscuro. Simplemente forman parte de una tradición, que se ha ido transmitiendo de una generación a otra.

La Pesca al Pinche y con Corrales
La primera se realizaba con cierta frecuancia y consistía en fondear el bote en un determinado lugar para atrapar con lienza ciertos peces preferidos, especialmente la sierra.
Aquella constituía el pez favorito de los lugareños y el de mayor abundancia en la época.
Por su parte la pesca con corrales consistía en atrapar los peces con murallas de piedras o madera, las que encerraban un determinado lugar de la playa. Los corrales de piedra eran levantados, generalmente, en las costas bañadas por el "mar abierto". Por el contrario, en la bahía se construian los corrales de varas, las que eran sostenidas por firmes bases de madera llamados Metrenquen.
Los pejerreyes. robalos y a veces que con mayos frecuencia se atrapaban en los corrales tanto de piedra como de varas. Los productos de la pesca pasaban a formar parte de la alimentación del lugareño o bien vendidas por dinero o cambiados por otros productos que faltaban en la casa.

El Pescador
Un hombre tenía un corral, que se usaban antes para pescar pescados en las playas. Tenía que surtir todos los días a un pueblo con pescados. Así, el hombre llevaba pescados de su corral todos los días al pueblo.
Pero un día no encontró pescados en su corral. Triste, se puso a pensar encima de una piedra, se sentó en la playa, nada de pescados.
En eso estaba cuando llegó la sirenita, que le dijo:
-Caballero, ¿por qué estás triste?
El hombre le contesto:
-Estoy triste porque tengo que surtir al pueblo de pescados y hoy no ha entrado ningún pescado, nada, en el corral.
Y la sirenita le dice:
-¿Y por eso se aflige, caballero? Yo le voy a dar pescado todos los días, si usted me da al primero que lo salga a encontrar cuando llegue a su casa ahora. En el año me lo viene a dejar.
-El hombre dijo: “Conforme”. Se acordó que todos los días lo venía a esperar un perrito que él tenía en su casa, a esperarlo por el camino. Y dijo el hombre:
-Listo. Hagamos el trato. Al año se lo vengo a entregar.
Y cuando iba llegando a su casa, ¿no salió a encontrarlo su único hijo que tenía el hombre? Un chico de 17 años.
-¿Qué mala suerte!, dijo el hombre, y allí quedó más triste todavía.
Todos los días hallaba pescado, porque la sirenita cumplía con el trato, pero el hombre llegaba más triste a la casa.
Entonces, le preguntaron en su casa:
-¿Por qué estás triste?, le dijeron.
-Me pasó que un día ofrecí a la sirena que el primero que me salga a encontrar en el camino, se lo tenía que dar en el año. Y salió el único hijo que tengo.
-¿Y por eso se aflige, papá?, le dijo el muchacho. Usted me va a dejar nomás en el año.
Y empezó a hacer sogas de ñocha de ese material de hojas largas y firmes que había en la quebrada. El muchacho trabaja tejiendo todos los días. Todos los días iba a arrancar ñocha y todos los días tejía la soga. En el año tenía cualquier cantidad de kilómetros de soga.
Y se fue con un caballo que tenía el viejo. Fue a entregar al hijo.
En seguida salió la sirenita a buscarlo.
El joven le dijo a la sirenita:
-Tome la punta de la soga, y yo me voy a atar en la otra punta.
Y se fue la sirena para el medio del mar. No, es que se perdió allá en el mar. El dejó atado el caballo, y se disparó corriendo para la vega.
Y la sirenita tira que tira su soga, tira que tira su soga en el fondo del mar. Y el joven arrancó para el campo.
Entonces la sirena cuando hizo llegar el caballo a la orilla, hizo crecer el mar. El mar creció, pero después bajó. Ella dijo al joven:
-¿Adónde vas a ir? ¿Crees que no te voy a agarrar?
Así es que el muchacho pasó a traer un machete grande que tenía y se fue para el campo.
Anduvo, caminó, caminó mucho. Encontró un caballo muerto y estaban todas las fieras al lado: leones, tigres, águilas. De toda clase de bichos habían y no podían comer el caballo, porque no se sabía cómo lo iban a repartir.
Así es que una vez que pasó el joven, siguió caminando, y el águila lo alcanzó y le dijo:
-Caballero, vuelva; el león mandó a decir que vuelva.
-Este león no me querrá comer, este desgraciado. Y le dijo:
-Con mi machete que llevo algo voy a hacer de todas maneras. Volvió. Y el león le dijo:
-Le mandé a decir que vuelva para que nos reparta este animal, para que todas las partes sean iguales.
El hombre con el machete repartió la carne: una pierna al león; así al tigre, a la hormiga le dio la cabeza, y loo repartió todo y el joven se fue.
Y el león, cuando el joven iba andando, dijo:
-¡Qué somos mal agradecidos con ese hombre! ¿Por qué no va el águila y que lo haga volver otra vez?
El águila como la más rápida que hay, lo alcanzó y le dijo que el león quería que volviera otra vez.
El hombre pensó -le habré dado poco al león. ¿Me querrá comer? Pero, con mi machete, algunas cosas voy a hacer.
Igual volvió. Y el león le dijo:
-Lo mandamos a que volviera otra vez para darle una virtud, porque nos repartió bien la carne.
Claro, el león le dio una uña; el tigre le dio otra; el águila le dio una pluma; la hormiguita le dio una pata, y así todos los animales le dieron algo. Y el león le dijo:
-Cuando usted se quiera hacer animal, no tiene más que agarrar una prenda de las que le dimos.
Bueno, el hombre se guardó todo en su bolsillo.
Iba cerca todavía cuando probó con una pluma del águila. Se hizo un águila en seguida no más y empezó a volar. Vuela y vuela. Así nomás estaban con la magia las cosas.
Ya cuando iba volando se paró arriba de un árbol grande que estaba allí cuando venía caminando antes. Abajo del árbol había una casa. Y había una princesa encantada por un gigante.
Y la princesa le dijo al gigante:
-Mira gigantito hay un águila arriba.
El gigante había ido a buscar su rifle, y la princesa le dijo:
-No gigantito. Tírale carne, quien sabe si baja para que los pesquemos.
Claro, como él era un hombre convertido en un áquila, él ya fue bajando cuando el gigante le tiró la carne, fue bajando de a poquito, de a poquito, hasta que llegó a comer la carne en el piso; ahí lo pescó el gigante. Y la princesa le dijo:
Gigantito, mételo en la jaula.
El gigante metió en la jaula al águila y allí quedó preso el joven.
La princesa dormía sola en su cuarto, en el segundo piso de la casa y el gigante también dormía abajo.
Entonces en la noche salió el joven, tomó la pata de la hormiguita y salió de la jaula; se fue a la cama de la princesa esa noche, y la princesa comenzó a gritar.
-Gigantito -decía- un hombre.
Y el joven se vio en apuros para meterse de nuevo a su jaula y hacerse águila de nuevo; cuando llegó el gigante, éste buscó debajo de la cama, por la pieza, nada.
El águila estaba cabeceando dentro de la jaula.
-No hay nadie-dijo el gigante. -Cosas tuyas nomás son éstas. No anda nadie por aquí.
Se fue el gigante otra vez. Dejo cerrada la puerta con llave y se fue a dormir. Y cuando el gigante se fue, el joven salió otra vez y la princesa se puso a gritar otra vez.
-Gigantito -le decía-, ven, hay un hombre acá en la pieza. Pero el joven, otra vez se vio obligado a meterse a su jaula.
El gigante buscó por todos lados. No lo puedo encontrar -dijo.
Así que le dejó dicho a la princesa:
-Otra vez que grites y vengo y no hallo a ndie, te voy a dejar muerta.
-Bueno -dijo la princesa.
-Menos mal -dijo el águila cuando escuchó eso. Ahora no va a gritar más.
Claro, y él salio de vuelta otra vez.
Y la princesa dijo:
-¿Eres de este mundo?
-Sí, -le dijo él-, de este mundo. Soy un hombre, estoy convertido en águila. Y tú, ¿cómo estás acá? ¿Cómo no te saca tu padre?
La princesa le dijo -no, es que el gigante me tiene encantada. Mi padre ha perdido cualquier cantidad de hombres y no me ha podido sacar nada.
El joven le dijo a la princesa:
-Pregúntale mejor al gigante que dónde esta su vida, porque ellos tienen otra parte donde está su vida, por eso el gigante no mata a nadie.
Y dijo la princesa:
-Sí mañana le voy a preguntar, a ver si me dice eso.
Al otro día así lo hizo.
El gigante tenía a la princesa para que la secara las pulgas. Ella lo estaba despulgando, cuando ella le dijo:
-Gigantito, ¿no te enojarás si te hago una pregunta?
-No -dijo el gigante-, ¿por qué me voy a enojar? Hágamela nomás.
Y la princesa le dijo:
-¿Adónde tienes la vida porque mi padre ha perdido tantos hombres y no me han podido sacar de acá?
Y el gigante dijo:
-¿Y de cuándo me has hecho esa pregunta?
-Yo creía que no te ibas a enojar -dijo la princesa.
Bueno -dijo el gigante-, sabes que tengo la vida allá en una laguna grande que hay allá. Allí en el centro de la laguna hay un barranco; adentro del barranco hay una paloma y dentro de la paloma hay un huevo, y en el huevo yo tengo la vida. El que consiga el huevo y me pegue con el huevo en la frente, me mata, le dijo, me muero.
La princesa dijo
-Con razón mi padre no me ha podido salvar de esta casa.
En la noche, la princesa le contó todo al joven. Y le contó dónde tenía la vida el gigante. El joven se salió de la jaula, se volvió hombre y se durmió con la princesa.
A los dos o tres días después, la princesa le dijo al gigante:
-Oye gigantito, -le dijo, el águila ya está mansita. Sáquela para ande afuera y no esté presa.
-Bueno, dijo el gigante. Sácala nomás.
Y era para que el águila se fuera.
El águila dio dos o tres vueltas y se fue.
El gigante había ido a buscar su rifle. ¿Cuándo lo iba a alcanzar con el rifle? Y el águila se fue, se fue nomás y fue ubicando la laguna.
Claro, y de repente vio una laguna, y dijo: -ésta tiene que ser.
Se bajó, se hizo un hombre entonces. Y arriba en el cerro había una casa. Se fue a la casa. Había un hombre que tenía tres hijas.
-¿Buscando trabajo? -le dijo el caballero.
-¿No tendría trabajo para mi?
-Sí -le dijo el hombre-, tengo trabajo de cuidador de ovejas, que no bajen las ovejas a la laguna porque se las come un verraco.
-¡Ah! Entonces tiene que ser ahí donde deja la vida el gigante.
Entonces el caballero le dio trabajo al joven. Al otro día contó las ovejas el caballero y se las encargó al joven. Y le dijo:
-No las dejes bajar a la laguna porque sale el verraco y se las come.
Y el hombre no cuidó nada. Las dejó bajar a la laguna nomás.
En cuanto bajaron la ovejas, salió el verraco. El joven se convirtió en león y se puso a pelear con el chanco jabalí.
El chancho pidió descanso.
Una vez que descansaron, dijo el verraco:
-Si hallara un puñado de barro del centro de mi laguna para tirarte a los ojos y quitarte la vida.
Y el león contestó:
-Si hallara un pan caliente, el beso de una niña doncella, y un trago de vino añejo para quitarte la vida.
Y comenzaron nuevamente a pelear. El joven derrotó al verraco. Y por esto el gigante en su casa cayó a la cama. Ya no pudo moverse, porque el joven le ganó al verraco.
En la tarde, el hombre subió todas las ovejas a la casa. Y el dueño de las ovejas vio que el hombre dejó que las ovejas bajaran a la laguna y que el joven se convirtió en león. Y dijo entonces:
-Este hombre tiene mucho poder.
Así es que al otro día cuando sacó las ovejas, el dueño se fue detrás de una matas a escuchar lo que iba a pasar.
En cuanto bajaron las ovejas, salió el verraco con mucha hambre. El joven se transformó en un tigre y se puso a pelear con el verraco.
El verraco pidió descanso otra vez y dijo el verraco de nuevo:
-Hallara yo un puñado de barro del centro de mi laguna para tirarte a los ojos y quitarte la vida, le dijo al tigre.
Y el tigre dijo:
-Yo hallara un vaso de vino añejo, un pan caliente y el beso de una doncella para quitarte la vida.
Y comenzaron a pelear otra vez. Mal quedó el verraco y fue arrastrando hacia la laguna otra vez.
Así es que cuando el hombre escuchó lo que había dicho el joven, llegó a ajusticiar a sus hijas, que cuál estaba doncella todavía, cuál de las tres.
La mayor dijo: -No, ya pasó mi novio por acá.
La otra que seguía dijo:
-Menos yo, ya pasó el ovejero.
La última, ésa estaba doncella todavía.
Así es que el caballero le dijo a su hija doncella:
-Mañana te vas a levantar temprano, vas a hacer un pan y vamos a ir para el bajo, cuando el cuidador lleve las ovejas.
Así lo hicieron.
Al otro día cuando el hombre llevó sus ovejas a cuidar las ovejas para el bajo, lo dejó que llegara, y que fuera a la laguna.
Las ovejas entraron a la laguna, y también salió el verraco, con mucha hambre porque hacía dos días que no comía nada, ¿no ve que el león y el tigre le habían ganado y no lo habían dejado comer nada?
Y el caballero fue con su hija a esconderse tras unas matas. Llevó el pan caliente y el vaso de vino añejo. Y le dijo a su hija:
-Y le das el beso -le dijo- cuando el joven te diga eso.
Otra vez se puso a pelear el joven convertido el león otra vez con el verraco. Pelearon harto rato, y el verraco pidió descanso de nuevo. Y dice el verraco:
-Hallara yo un puñado de barro del centro de mi laguna para tirarte a los ojos -le dijo enojado- y quitarte la vida.
Yo -dijo el león-, hallara un pan caliente, un vaso de vino añejo y el beso de una niña doncella, para quitarte la vida.
Y en ese momento la doncella fue a darle el pan caliente al león, el vaso de vino añejo y el beso.
Se pusieron a pelear nuevamente y allí el joven mató al verraco.
Cuando murió el verraco, el león se hizo hombre de nuevo. El joven sacó el cuchillo y le abrió la panza al verraco y de allí salió la paloma. La paloma arrancó y el joven se transformó en águila. En un dos por tres alcanzó a la paloma. La alcanzó, la mató y le sacó el huevo. Se echó el huevo al bolsillo.
Entonces, el caballero dueño de las ovejas, le dijo:
-Ahora joven, ¿con cuál de mis tres hijas te quieres casar? ¿Con la que dio el beso? O con las otras? ¿con cualquiera de las otras dos?
-No, -le dijo el joven, con ninguna de sus hijas. Ahora yo me voy. No tenga ningún miedo de echar sus ovejas, y que bajen a la laguna. Yo me voy.
El joven se fue. Se transformó en un águila y se fue donde estaba donde estaba la princesa, que lo estaba esperando afuera.
El gigante estaba enfermo, no se movía. Le pedía agua a la princesa. Y ella le tiraba agua de lejos para que no fuera a matarla.
Y la princesa estaba contenta porque el joven habia regresado, y le dijo:
-¿Lo mataste?
-Si -le dijo. Aquí traigo el huevo.
Le mostró el huevo al gigante.
El gigante le dijo:
-Dámelo. Porque si se lo come, vuelve a vivir otra vez.
Y el joven le pegó con el huevo en la frente. Y ahí murió el gigante.
Entonces, después, el joven llevó a la princesa al palacio. Allí el rey le dijo:
-Yo había dicho que el que me trajera a mi hija se casaría con ella. Y tú como la trajiste, te casarás con ella, para cumplir mi palabra.
Se casaron el joven y la princesa. Pero una vez que estuvieron casados, se acordó de la sirena con la que estaba comprometido primero. Pero se olvidó de la sirena.
Un día el joven bajo con su mujer a pasear en coche por el muelle. Allí lo encontró la sirena y le dijo a la princesa:
-Me llevo a este joven porque es una prenda mía.
Y la princesa le dijo:
-Pero también es prenda mía porque está casada conmigo.
Y la princesa le dijo a la sirena:
-Permite que el joven baile en la palma de mi mano, después te lo puedes llevar.
-Bueno -dijo la sirena-, que baile en la palma de tu mano y después me lo voy a llevar porque es mío.
Así es que cuando empezó a bailar en la palma de la mano de la princesa, el joven se convirtió en águila y se fue volando, volando hacia el cielo.
La princesa se subió a su coche y se fue al palacio del rey. Y una vez que llegó al palacio se encontró con el joven transformado otra vez en hombre. De allí el joven y la princesa no salieron más y fueron muy felices y no se acordaron más de la sirena. Todavía deben estar viviendo por ahí.

 
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