Inter Patagonia Patagonia, viernes 24 de octubre de 2014
Vinos Patagónicos
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Ubicada en el extremo sur del continente americano, la Patagonia reúne diversas condiciones naturales y características deseables para el cultivo de viñedos.
Aire puro, cielos diáfanos y silencios infinitos, son sólo interrumpidos por los susurros de los vientos que la atraviesan desde la cordillera de los Andes hacia el océano Atlántico, trasladando los misteriosos aromas de los arbustos y de los frutos silvestres.

Tanto su clima –que presenta una gran amplitud térmica en la etapa de maduración de la vid– las condiciones del suelo –con rincones pedregosos y aluviales– las excelentes condiciones fitosanitarias, la notable luminosidad, las escasas lluvias y la baja humedad, favorecen la consolidación de la industria vitivinícola patagónica dentro del panorama internacional.

Estas características, sumadas a la obsesiva guarda de sus creadores, arrojan como resultado vinos equilibrados entre el tenor azucarino y la acidez del fruto, produciendo vinos blancos con una delicada expresión varietal y vinos tintos con colores intensos, aromas frutados y deliciosos en el paladar, pero todos con una personalidad auténtica y definida.

Conocidos como vinos de las zonas frías, la producción está centrada en los valles del río Negro y el río Colorado. Allí han podido adaptarse cepas blancas como la torrontés riojana, torrontés sanjuanina, torrontés mendocina, Pedro Jiménez, semillón, sauvignon y chenin blanc, y tintas como el malbec, merlot, syrah, pinot noir, cabernet sauvignon y bonarda.

Sin embargo, aún queda mucho camino por recorrer. La vitivinicultura en Argentina y sobre todo en Patagonia posee una joven historia. Los avances tecnológicos, las inversiones y algunos empresarios con muy buena visión, hicieron posible una transformación determinante entre los 42º y 39º latitud sur.

Para esta nueva etapa, es necesario saber todos y cada uno de los secretos de los vinos patagónicos. Secretos y misterios que aquí develamos… ¡Salud!interpatagonia.com



Se sabe que la vid no es autóctona de América, sino que fue introducida durante la colonización.
Bartolomé de Terrazas las llevó a Cuzco –Perú– en 1536, y luego Hernando de Montenegro las habría llevado a Lima y de allí a Chile. Ya para 1551 se la cosechaba en la capital trasandina.
Pronto los años hicieron que las semillas de la vid cruzaran la cordillera entrando en la Argentina. En el año 1556 se notó que la región de Cuyo tenía condiciones ecológicas para el desenvolvimiento de los viñedos. Desde entonces, el área de cultivo por excelencia fueron las provincias de Mendoza, San Juan y La Rioja.
El cultivo de las vides criollas era predominante, aunque los viñadores se manifestaban entusiasmados por el cultivo de variedades introducidas desde Europa.
En casi toda la bibliografía se menciona al agrónomo M. Pouget, por ser el que ingresó la mayoría de los cepajes europeos, en cumplimiento de la política del presidente Sarmiento en este terreno.
Con el pasar de los años, luego de perder el miedo a algunas plagas que azotaron la región, de la búsqueda de mejores suelos y de sucesivos experimentos con injertos, la vid comenzó a bajar de latitudes, entrando a la región patagónica.
Hoy, una incipiente y moderna proliferación de bodegas ubicadas en las provincias de Neuquén y Río Negro, producen excelentes vinos reconocidos internacionalmente.

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